lunes, 21 de septiembre de 2020

Rainer Maria Rilke, Octava Elegía

Rainer Maria Rilke

Dedicada a Rudolf Kassner


Con todos los ojos ve la criatura

lo abierto. Sólo nuestros ojos están

puestos como al contrario y por completo en torno a ella

cual trampas rodeando su libre salida.

Lo que es afuera, lo sabemos a solas

por el semblante del animal; pues ya al tierno niño

lo volvemos forzosamente a que mire hacia atrás

la configuración, no lo abierto, que

en el rostro del animal es tan profundo. Libre de muerte.

A ella la vemos sólo nosotros. El libre animal

tiene su ocaso siempre detrás de sí

y Dios ante sí, y si es posible, va así

en eternidad, tal como las fuentes fluyen.

Nosotros no tenemos nunca, ni un único día,

el puro espacio ante nosotros, en el que las flores

infinitamente se abren. Siempre es mundo

y nunca en ningún lugar sin no: lo puro,

lo incontrolado, que se respira

e infinitamente se sabe y no se codicia. Cuando niño

se pierde uno para sus adentros en eso y es

sacudido. O aquel otro muere y lo es.

Pues cerca de la muerte ya no se ve más la muerte

y se mira fijamente hacia afuera, quizá con gran mirada de animal.

Los amantes, si no existiera el otro que altera la visión,

están cerca de eso, asombrados…

como por descuido se les descubre

por detrás del otro… Pero sobre él

ninguno avanza, y vuelve a ser mundo para él.

A la creación siempre vueltos, vemos

sólo en ella el reflejo de lo libre, 

oscurecido por nosotros. O que un animal, 

uno sin voz, alzando la vista, tranquilamente nos transverbera.

Esto significa destino: estar en frente de

y nada más que eso y siempre en frente de. 


Si hubiera conciencia al modo nuestro en el 

seguro animal, que camina hacia nosotros

en dirección contraria -, nos arrastraría

con su peregrinación. Pero a él su ser le es

infinito, inasible y sin mirada

sobre su propio estado, puro, así como su perspectiva.

Y donde nosotros vemos futuro , allí él ve todo

y se ve en todo, sano y salvo para siempre. 


Y sin embargo hay en el cálido animal avizor

el peso y la inquietud de una gran melancolía.

Pues a él también se adhiere siempre, lo que a nosotros

a menudo nos somete, - el recuerdo,

como si eso a lo que uno se urge hubiera sido 

ya una vez más cercano, más fiel y su unión

infinitamente tierna. Aquí todo es distancia, 

y allí todo era aliento. Después de la primera patria

la segunda es para él híbrida y expuesta al viento. 

Oh bienaventuranza de la minúscula criatura, 

que siempre permanece en el seno, que decidió su gestación;

oh felicidad del mosquito, que sigue saltando adentro,

incluso cuando tiene nupcias: pues seno materno es todo.

Y mira la certidumbre a medias del pájaro,

que por su origen sabe casi de ambas cosas

cual si fuera el alma de un etrusco,

salida de un muerto, que acogió un espacio

mas con la yacente figura como lápida. 

Y cuán consternado está uno que tiene que volar

y es originario de un seno. Como de sí mismo

aterrado, cruza relampagueante el aire, como cuando una grieta

atraviesa una taza. Así la huella

del murciélago rompe la porcelana de la tarde. 


¡Y nosotros: espectadores, siempre, por doquier,

vueltos a todo y nunca hacia afuera!

Todo nos desborda. Lo ordenamos. Se desintegra. 

Lo ordenamos otra vez y nosotros mismos nos desintegramos. 


¿Quién nos ha dado la vuelta así, que nosotros, 

también en lo que hacemos, estamos en aquella actitud

de quien se marcha? Como el que sobre

la última colina que le muestra otra vez

todo su valle, se da media vuelta, se detiene, se demora -, 

así vivimos y siempre despidiéndonos.

                                                 Rainer Maria Rilke 


Traducción: Ospina, Julián y Peña, Alejandro. Septiembre 12/2020

                                                                                            Rainer Maria Rilke



Die achte Elegie, Rainer Maria Rilke

Rudolf Kassner zugeeignet



Mit allen Augen sieht die Kreatur

das Offene. Nur unsre Augen sind

wie umgekehrt und ganz um sie gestellt

als Fallen, rings um ihren freien Ausgang.

Was draußen ist, wir wissens aus des Tiers

Antlitz allein; denn schon das frühe Kind

wenden wir um und zwingens, daß es rückwärts

Gestaltung sehe, nicht das Offne, das

im Tiergesicht so tief ist. Frei von Tod.

Ihn sehen wir allein; das freie Tier

hat seinen Untergang stets hinter sich

und vor sich Gott, und wenn es geht, so gehts

in Ewigkeit, so wie die Brunnen gehen.

  Wir haben nie, nicht einen einzigen Tag,

den reinen Raum vor uns, in den die Blumen

unendlich aufgehn. Immer ist es Welt

und niemals Nirgends ohne Nicht: das Reine,

Unüberwachte, das man atmet und

unendlich weiß und nicht begehrt. Als Kind

verliert sich eins im Stilln an dies und wird

gerüttelt. Oder jener stirbt und ists.

Denn nah am Tod sieht man den Tod nicht mehr

und starrt hinaus, vielleicht mit großem Tierblick.

Liebende, wäre nicht der andre, der

die Sicht verstellt, sind nah daran und staunen...

Wie aus Versehn ist ihnen aufgetan

hinter dem andern... Aber über ihn

kommt keiner fort, und wieder wird ihm Welt.

Der Schöpfung immer zugewendet, sehn

wir nur auf ihr die Spiegelung des Frein,

von uns verdunkelt. Oder daß ein Tier,

ein stummes, aufschaut, ruhig durch uns durch.

Dieses heißt Schicksal: gegenüber sein

und nichts als das und immer gegenüber.


Wäre Bewußtheit unsrer Art in dem

sicheren Tier, das uns entgegenzieht

in anderer Richtung –, riß es uns herum

mit seinem Wandel. Doch sein Sein ist ihm

unendlich, ungefaßt und ohne Blick

auf seinen Zustand, rein, so wie sein Ausblick.

Und wo wir Zukunft sehn, dort sieht es Alles

und sich in Allem und geheilt für immer.


Und doch ist in dem wachsam warmen Tier

Gewicht und Sorge einer großen Schwermut.

Denn ihm auch haftet immer an, was uns

oft überwältigt, – die Erinnerung,

als sei schon einmal das, wonach man drängt,

näher gewesen, treuer und sein Anschluß

unendlich zärtlich. Hier ist alles Abstand,

und dort wars Atem. Nach der ersten Heimat

ist ihm die zweite zwitterig und windig.


  O Seligkeit der kleinen Kreatur,

die immer bleibt im Schooße, der sie austrug;

o Glück der Mücke, die noch innen hüpft,

selbst wenn sie Hochzeit hat: denn Schooß ist Alles.

Und sieh die halbe Sicherheit des Vogels,

der beinah beides weiß aus seinem Ursprung,

als wär er eine Seele der Etrusker,

aus einem Toten, den ein Raum empfing,

doch mit der ruhenden Figur als Deckel.

Und wie bestürzt ist eins, das fliegen muß

und stammt aus einem Schooß. Wie vor sich selbst

erschreckt, durchzuckts die Luft, wie wenn ein Sprung

durch eine Tasse geht. So reißt die Spur

der Fledermaus durchs Porzellan des Abends.


Und wir: Zuschauer, immer, überall,

dem allen zugewandt und nie hinaus!

Uns überfüllts. Wir ordnens. Es zerfällt.

Wir ordnens wieder und zerfallen selbst.


Wer hat uns also umgedreht, daß wir,

was wir auch tun, in jener Haltung sind

von einem, welcher fortgeht? Wie er auf

dem letzten Hügel, der ihm ganz sein Tal

noch einmal zeigt, sich wendet, anhält, weilt –,

so leben wir und nehmen immer Abschied.

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