viernes, 9 de julio de 2021

PAREDES BLANCAS

Por Julián Valencia Quintero. 10°

¿Por qué todo está oscuro? ¿Por qué me siento amarrada? La habitación está oscura y fría, no sé la hora, mi boca está seca, pido agua, nadie escucha. ¿Estoy sola? Grito, pido ayuda, no veo una sola ventana a mi distancia, parece que estoy sola.

Caigo a dormir, las voces me repiten que huya, que acá no pertenezco, debo acabar con el que me trajo aquí… ¿Quizás llevé una falda muy corta? ¿Caminé por una calle muy sola? Los escenarios están borrosos en mi cabeza y dentro de la habitación fría con paredes blancas, veo rostros suplicando ayuda. Quiero correr, pero mis pies están entumecidos.

Despierto del sueño, un hombre alto aparece en la habitación, pero sólo veo su sombra, su silueta se desvanece en el polvo y las voces me gritan que salga, que acabe con él, les grito que no puedo, golpeo mi cabeza contra la pared ante el desespero y sólo pido que paren, pero ellas siguen retumbando distorsionadas en mi cabeza. En este punto, prefiero martillar mi cráneo en esta pared que seguir escuchándolos, prefiero morir o matarlos.

Lejos de mí, no tengo la certeza de que los días pasan por la penumbra que atraviesa mi nueva morada con complejos de calvario, he visto mi rostro por el reflejo de la ventana que estaba a mis espaldas, mis ojos están cansados con un tinte morado, mi lacio cabello ahora es un caos, no sé quién soy ni a dónde me conduce esto.

Pensé que estaría bien, el hombre alto cuidaría de mi en las cuatro paredes blancas, sin embargo, mi cerebro recibe una descarga eléctrica repentina, las voces y los rostros pidiendo ayuda son un sonido, una visión tan aturdidora como uñas en una pizarra, haciéndome querer arrancar mi propia piel.

Poco a poco, las voces parecen perderse en el silencio y observo en la lejanía de mi ventana otra pared, pero esta es gris, pasan personas con sus trajes blancos, con cabellos bien arreglados. Me miro nuevamente, traigo un traje blanco, no como el de ellos, porque no me permite mover mi cuerpo.

El sonido de la puerta es sutil, pero lo suficientemente notorio para mirar hacia arriba, sentí que repetían aquello que parecía ser mi nombre para reencontrarme con esta realidad y contemplar al hombre alto en todas sus dimensiones, estaba acompañado de una mujer con rostro cálido, no eran sombras, sus trajes eran del color de las paredes blancas acolchonadas pero mi traje, era de fuerza.

Nota: Cuento ganador Concurso escolar de cuento, 2020. Liceo Manuel José Sierra.

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