domingo, 8 de septiembre de 2019

BREVES PALABRAS EN MEMORIA DE JAVIER Y UN CUENTO DE SU PLUMA

Amigo Javier, ahora desde aquí donde compartimos, te hablo hacia un allá donde ahora estás. Podríamos haber jugado a diferenciar y pensar el tiempo del aquí y del allá en nuestras charlas literarias y filosóficas, me hubieras evocado a Voltaire con tus chistes. De seguro, eso hubiéramos hecho si el “mañana tintiamos” no hubiera sido el último. Y es así como el vuelo de un halcón, algo fugaz como el rocío un yarumo blanco. La muerte, tremendo tema para tomarse una buena ronda de tintos, la inmaterialidad constitutiva de la materia. Fue otro Javier, de apellido Naranjo, que dijo en un poema: 
Todos los que han muerto tenían cosas que hacer.
Dijeron: mañana hablamos, nos vemos, hasta pronto, nos encontramos en tal parte, y te prometo que.
Todos los que han muerto creyeron que verían al otro día al mundo.
La sombra de su caminar en la tierra,
Su rostro amanecido en el espejo.

Y así fue. Poco tiempo, sí. Pero bastó poco tiempo para conocer tu generosidad, tu risa y tu embriaguez. De noche, en la causa docente. Ahora toman una fuerza extraña tus palabras: “De pronto nos vemos por allá” en referencia al Paro contra la violencia. Tus palabras “los fines de semana me voy pal monte”, cuando te propuse tomarnos el tinto. O “el sistema me ataca” o el “soy una isla”; tu pasión por las letras, tu respuesta en italiano “Non capisco iluminado Tedesco” cuando me despedí en alemán, el amor compartido por las lenguas... 


Gracias hermano por tu calidez y sencillez, por la invitación a la casa. En mí queda la amistad viva y por eso creo que, entre nosotros, no quedan pendientes a pesar de la curva en la que, de súbito, dejamos de ser. Tal vez hubiéramos articulado las sociales y la filosofía como lo veníamos hablando y tal vez hubiéramos continuado charlando en la escuela sobre la enseñanza, la educación, las experiencias, los libros, la montaña, en fin, el matrimonio de la vida con la muerte. Y la amistad y sus jardines.
No fuiste amigo del insulto, ni de la violencia. Y eso ya es mucho enseñar, así como considerar que la disciplina en un aula no consiste “en tener callados a todos los estudiantes” si no en poder deliberar y propiciar espacios de auto-expresión y construcción social y política, propósitos nobles de los que, en tu consideración, suelen distraerse las instituciones educativas excesivamente preocupadas por actas y resultados.

Me pregunto qué inmensidad habitarás ahora que volaste como un azor, ave rapaz y discreta camino al cielo y a tu casa en una montaña de Santo Domingo. Amigo Javier, espero hayas llegado a casa a derramar tu abierta sonrisa dulce.

Comparto un cuento que de tu pluma ha llegado a mis manos. Un cuento de hace ya 16 años, contados en este plano terrenal y mortal, mismo en el que me charlabas diciéndome que yo “andaba muy ocupado escribiendo el Tomo III de mis Obras Completas”. Pero, tú lo sabías, no eran más que mis zozobras y mis contingencias. 
No hablaré mucho, porque la complicidad en la amistad venía de la capacidad que teníamos de compartir silencio, de vivirlo  a solas mirando un árbol al caer de la tarde. El misterio de la vida se atesora en silencio.

Celebro haberte conocido antes de tu partida a lo que, acaso sea otra fiesta, la de los “pájaros peregrinos”, “silvestres” entre los que cantas ahora por milagrosa alquimia. Un abrazo, pues, y gratitud en nombre de los que te conocimos y presenciamos presente. Feliz vuelo, amigo Javier. 


LA MUERTE DEL MAESTRO 

Por Javier Alonso Lopera Castro 


Ya no soñaba con escaleras de madera que ascendían hacia un cielo azul turquesa desde una montaña terracota, ni tuvo más aquel sueño en el que trajeado como un explorador llevaba a cuestas una gran carga extraña y pesada por entre lodazales, donde mariposas coloridas se adherían a su traje como perfumes silvestres, para al final llegar a un punto donde un chamán, siempre vestido de trajes ceremoniales, premiaba su constancia ofreciéndole un báculo mágico cargado de poderes elementales. 

En este, su último sueño, como en todos los anteriores tenía que purgar una prueba o descifrar un laberinto para lograr un cambio de nivel. A veces el laberinto era una persona, alguien indescifrable, conmovedor, lunático o implacable. Otras veces la prueba era solo de dolor físico y asperezas de las circunstancias, a menudo insólitas o inconcebibles. 

En este sueño cabalgaba con los ojos vendados y por una colina húmeda. El aire traía a sus oídos el canto de árboles y el zumbido de insectos. Escuchó el rumor del agua y adivinó una fuente fresca cercana donde quiso beber, pero no podía bajar de su montura. Al llegar a la cima de una montaña muy alta, alguien le ayudó a apearse y desapareció con su caballo, quizás fue el mismo novicio que quitó la venda de sus ojos y se perdió entre la floresta dejando todo en silencio. 

Entonces pudo notar que se hallaba en un claro del bosque donde el sol bailaba con una columna de humo. De repente, bajo aquel fulgor, una roca apareció. Era más alta que un hombre, y oscura, quizás gris, al tiempo que una voz le decía: 

“Esta roca que tanto has cargado simboliza tu destino, ya no te seguirá más cuando abandones esta colina. Pues has terminado tu último trabajo”. 

Al instante, en el lugar mismo de la roca surgió un árbol gigante que era visitado por pájaros peregrinos, coloridos y sombríos. Entonces él alzó sus alas de azor y voló hacia los cielos emitiendo un ronco sonido. Ahora comandaba una bandada de pájaros silvestres. Ya no era más un hombre. 

Junio de 2003

1 comentario:

  1. pocos pudimos comprender el verdadero potencial de este personaje, solo que... eramos demasiado "olímpicos" para entender que su labor era incomparable.
    ¡JAVIER POR SIEMPRE!

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