Por Isabella Elejalde Cañas. 11º-02
Como un injerto diminuto insertado dentro de la intimidad —hasta entonces inerte— de una muchacha cualquiera, pero escuálida como quien más, Isabella se refugiaba en el calor de su progenitora. Un calor que le parecía ajeno; que pendía de un hilo, cual gota de roció, resbalándose endeblemente.
Isabella fue quizás un miembro inesperado de la familia, pero finalmente les hizo olvidar su congoja por un tiempo. Yo, en cambio, fui un pedacito de caos. Mi conducta sería inherente a ello, realmente.
Isabella revolotea entre los jardines y se vuelve morada, por tiempos azul; yo dejo de ser por momentos y me entrego al cauce desquiciado de la banalidad, quizá por un intentar solventar algún sentimiento de soledad.
En momentos en los que me convierto en alguien taciturno, la observo y me pregunto cómo es que su respiración no ha cesado, o mejor aún: cómo no la han hecho cesar. Ella, siendo agua, ha de ser río devorado e iracundo, condensándose en el mar salado de su mente; una rebeldía infantil, una ironía agridulce.
A ella y a mí, a todos los demás, la existencia nos ha enfrascado aquí, en este cuerpo que anhela un descanso y se descompone al ritmo de un suspiro de smog.
Ella, desde el principio, sabe que ha sido condenada a crecer en este claustro sanguinario de vegetación inimaginable y seres humanos ávidos de destrucción. Quizá por ello siempre optó por considerarse aparte de las personas, a pesar de que ella creía medianamente obligatorio, en primer lugar, conseguir su inmediata aprobación. Ni ella conoce los motivos.
Isabella es un anfibio nadando contra la corriente quizá bajo si influjo. A veces, sin embargo, pienso que ella se cohíbe de su imaginación, de algo que ocurrió en algún momento… No obstante, debo empezar desde el inicio, para hacer entender de mejor forma.
Por qué ella y yo terminamos en el mismo individuo…
Isabella, a una edad presurosa, comenzó a desarrollar un gusto evidente por la música, por lo que cantaba desde muy joven y ello le llevó a crear la mayor de sus dotes. Con ella, desmaterializó muchos de miedos… incluso yo estuve a punto de ser fulminado por ello, así que todo lo que pude hacer, fue encerrarme en un pequeño cobertizo y vivir a oscuras mientras escuchaba todo el terror. Realmente, desde que me interné allí, no supe demasiado de Isabella. No obstante, en mi nuevo hogar encontré un ratoncillo al que adopté y llamé Ark. Era de color blanco y tenía manchitas grises. Con el tiempo, lo entrené para poder establecer correspondencia con alguien de afuera, preferiblemente alguien cercano a Isabella.
Escribí una carta firmada con mi nombre y Ark salió del cobertizo con ella atada en el lomo. Sinceramente, al principio no estaba seguro de a quién le daría dicha carta. Sin embargo, al día siguiente, llegó con otra carta que resultó ser de la nodriza de Isabella. A la verdadera Isabella la secuestraron las Fuerzas Militares de su antigua enemiga: Francesca, quien se encargó de cambiar toda la programación estructural del lugar.
No entendí demasiado lo que quiso decir con eso, pero a partir del día siguiente, comencé a escuchar explosiones ocasionales, personas gritando y eso no me pintó demasiado bien, así que decidí asomar mi vista por alguna grieta de la puerta del cobertizo y encontré que, además de que había trozos de extremidades por el lugar, en la entrada a mi pequeña morada encontré un libro bastante grande. Me causó algo de curiosidad y decidí, cautelosamente, abrir la puerta. Con ayuda de Ark, entré el libro y volví a cerrarla.
Lo primero que me pregunté fue cómo llegó este libro tan extraño hasta aquí. Su pasta era de un color verde oscuro, además de que las hojas se veían algo añejo. Ark lo olisqueó un tanto y, de repente, salieron cucarachas de algunas de las hojas. Mi primer reflejo fue gritar, pero preferí esperar que siguieran saliendo.
No sé por qué, pero cada una de las cucarachas —que bien podían ser unas veinte— comenzó a cantar una canción acerca de la paz. No entendí lo que estaba pasando, pero parecía que el libro tenía el estandarte de Isabella… estampado en la pasta.
— ¡Tienes que aliarte con nosotras para poder rescatar a Isabella! — Pronunciaron a coro los bichos.
Pero si ella pudo matarme hace mucho: ¿para qué colaboraría yo con unos insectos para rescatarla? Miré a Ark. Su expresión era incrédula ante lo que estaba sucediendo, pero enseguida me miró. Desvió la mirada luego y se escondió en alguna de las cajas del cobertizo donde tomaba la siesta.
La líder de la tropa de cucarachas me indicó que abriera el libro. Acto seguido, procedí a obedecer. Había varios motivos impresos y dibujos de paisajes. Principalmente, eran recortes, mapas, consignas poéticas y postales. Pero nada estaba en español. La líder llamó a otras cucarachas que llevaba lentes –parecía muy letrada— y comenzó a traducir cada apartado, en el que, al menos, podía descubrir cómo funcionaba ese cerebro en el que vivíamos, según la carta de la nodriza.
—Y, ¿quién las envió a ustedes?— pregunté.
— La nodriza de Isabela. Nos dijo que mandaste una carta.
Realmente, no estaba entendiendo demasiado cómo funcionaba este mecanismo de comunicación: yo envío cartas con un ratón y luego me envían una legión de cucarachas en un libro.
Decidí mantener la calma y repasar cada apartado con las cucarachas, quienes me decían cada inseguridad, cada inconsistencia. Les pregunté luego por Francesca, a lo que me respondieron que ella era algo así como su alter ego y que quería acabar con algo así como su inocencia.
Decidí ir empacando algunos imprescindibles en mi mochila de viajes y le pregunté a Ark si deseaba venir. Salió de caja molesto, pero se trepó por mi ropa hasta subirse a mi hombro.
Íbamos en camino entre los arbustos, para asegurarnos de que las fuerzas de ocupación no nos vieran. Mientras tanto, llevaba yo el libro en la mano, y las cucarachas me contaban acerca del pasado de Isabella, de cómo fue su vida y por qué ella me personificó a mí —apenas me enteré— como su frustración. No sé cómo las frustraciones de Isabella la liberarían de alguien acabara con su inocencia. El caso es que ya habíamos llegado al pasadizo secreto que nos llevaría a las mazmorras del impero de Francesca.
Estaba a punto de cruzar hacia el túnel escondido, cuando de repente fui incautado por tres soldados, que me inyectaron un líquido extraño en el hombro.
Cuando desperté, lo hice de una camisa de fuerza, y unos médicos decían que era un paciente esquizofrénico. No les creí. Estaba perdido y tenía que encontrar a Isabella.

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