lunes, 5 de agosto de 2019

A LOS ESTUDIANTES: CARTA RESEÑA SOBRE "LA RESISTENCIA"


Girardota, un día de 2019 


Apreciados estudiantes, 

Hoy le escribo de "La Resistencia", libro del argentino Ernesto Sabato. El libro mismo es una epístola como una tabla que se tira a un náufrago para que no se hunda del todo. Estaba Sabato en vísperas de su anochecer definitivo, ese quedarse quieto, tieso, frío, con los ríos de la sangre secos y el corazón como una costra endurecida. Esa aurora, pues, al misterio de morir, llama en la que arderemos todos, árbol de fuego que vuelve a ser abonado por la ceniza en la que se transforma este marfil con que sonreímos, esta huesamenta que nos da soporte, esta piel que acariciamos con fruición como el niño amamantándose de la vía láctea de su madre. Oh Madre cosmos, quisiera cantar aunque el desastre de la época, aunque esta convalecencia de estar vivo por un milagro que se le escapa a la tragedia...

El mismo Sabato, al final, dice que nosotros al leer sus libros lo ayudamos a morir. Expresión que contiene y supone de parte del escritor una solidaridad en la muerte dada en el encuentro y la dignidad humana compartida. Vale la pena preguntarse hoy día si nosotros nos ayudamos a un buen morir. Si no estamos lanzados unos contra otros, en una competencia feroz, en la intención ilusa de llegar al punto más alta de un podio cuyos eslabones son el tener, la fama, la moda, el poder. ¿O no es odio no creer en la paz, no defenderla y despreciarla? ¿Será que está bien explotar el territorio a costa de sacrificar el agua, de envenenarla con mercurio y cianuro? ¿No es esto lo contrario de un buen morir incluso, este aire endemoniado por las industrias? Suelo preguntarme muchas veces si esas fumigaciones con glifosato y con pesticidas químicos son saludables no solo para los humanos sino también para los colibríes, por ejemplo. Es una época de barbarie, una tragedia. Así lo he advertido cuando empecé todavía joven a acercarme a la historia del conflicto armado en Colombia. En el barrio donde crecí vi matar a uno y a otro, la camioneta de la policía pasaba hacia el anfiteatro con los cadáveres colgando en su carnicería y los niños dejábamos tirado el balón por correr tras los rastros de sangre. Yo tengo la imagen de sábanas blancas manchadas con sangre cubriendo un cuerpo inerte en el asfalto en el asfalto, de amaneceres donde en la radio anunciaba el asesinato de Andrés Escobar, de Jaime Garzón, de bombas en Medellín y Bogotá, de masacres aquí y acullá. Solo recuerdo mi mamá planchándome la ropa y despachándome con preocupación hacia el colegio, donde también vi maestros y maestras llorar e insistirnos en el respeto a la diferencia, en el argumentar y escuchar al otro… 

A veces, querido jóvenes, siento que ando, como Montejo, “por una orilla de este siglo, / despacio, insomne, caviloso […] recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros / tatuados de un rumor infinito”. Justamente de este rumor infinito es que quisiera hablarles un poco, porque es este susurro es el que se escucha en "La Resistencia". Pero antes de compartirles un poco las percepciones que me dejó esa lectura, debo agradecerles a ustedes también por compartirla y escucharla, por un lado. Por otro lado, no me parece vano aclarar que Eugenio Montejo es un poeta de la gran Caracaos, capital del hermano pueblo de Venezuela. No lo conocían, ¿verdad? Es apenas predecible. Los colombianos no conocemos las cosas bellas y buenas que tiene en Venezuela, como lo son sus artistas, sus cocineros, brujos, bailarines, en fin, a mí me alegra que al colegio también lleguen estudiantes "venecos" como se dice a veces con atisbos de xenofobia. Eso llama y obliga al colegio a la interculturalidad en sus procesos educativos. Un pueblo no es solo el mierdero político y social que la televisión difunde enfocándose en rincones que les facilite, a su vez, la promoción de la miseria, el rating con el que se aseguran la estupidización de un pueblo entero. Lo cierto, pues, es que el colombiano promedio va por las calles, en autobuses y centros comerciales, iluso, creyendo que la libertad a la blanca “paloma pueblo” se la puede dar el águila del pentágono y estrellas militares explotando los territorios y provocando derramamientos de sangre que ellos llaman y venden con espectaculares propagandas como “Democracia”. Así en un lado de la frontera como en el otro. Tal parece que, por seductor que aparezca en la gran pantalla, lo que hay en términos económicos y políticos es un imperio, sí, un imperio de la mentira. 

Les dije que quería hablarles de ese “rumor infinito”, como aquel viento que suena siempre al través de los follajes del tiempo. E. Sabato, el gran escritor de "El Túnel", de "Sobre Héroes y Tumbas" y de "Abaddón, el Exterminador", dice en un momento de la misiva: “Creo en los cafés, en el diálogo, creo en la dignidad de la persona, en la libertad. Siento nostalgia, casi ansiedad de un Infinito, pero humano, a nuestra medida”. Ese infinito humano a nuestra medida sería aquello que permanece de generación en generación, como el fuego que todavía nos abriga, porque desde la intemperie de quienes lo descubrieron, época tras época, lo hemos sabido guardar. Pero ahora lo amenazan temporales, vientos fríos, ráfagas locas que son ese modo de vida que ha hecho del mundo un basurero, de la naturaleza una fuente de recursos y que quiere montar supermercado en la luna. Ese temporal que amenaza nos podría dejar mascando una fría ceniza es, pues, esa explotación irracional de la naturaleza, ese modelo de producción, distribución y consumo que está haciendo del planeta misma un desechable. Eso con relación a la naturaleza, con quien perdimos toda relación de pertenencia sagrada, de celebración del misterio. Porque con relación al hombre en su relación con el hombre esto tiene un cariz también muy mucho absurdo. Hay, por ejemplo, desigualdad social, gente hurgando en las basuras debajo de los puentes, campesinos empobrecidos, líderes sociales asesinados, niños vencidos por el hambre. Reina una lógica caníbal del poder, un poder asesino que atenta contra la salud. Y los ancianos mueren a las puertas de los hospitales, un poder asesino contra una educación cerrada, que excluye a unas grandes mayorías y las condena a una vida sin oportunidades de vida digna. Pocos salen a estudiar y otros pocos a trabajar en un empleo digno. Pero tampoco los trabajos que ofrece esta sociedad son los más adecuados con un buen vivir que integre otras dimensiones humanas, que piense al hombre como un ser social, con vida íntima, familiar, con deseos de formación, etc. Tenemos trabajos donde la gente trabaja de sol a sol por sueldos miserables. Y llegan a casa a comerse su arroz angustiosamente, a ver memes fofos y a dormir sin soñar, para amanecer a repetir la misma rutina. Todo ello en medio del ruido de la ciudad y su don ebrio, la ciudad y sus patrones, sus fronteras invisibles, sus pobres, sus drogas, su contaminación, sus oficinas. En medio de la velocidad de la información, de los mensajes ineficaces para mitigar la miseria que emiten desde los púlpitos de esos emporios tapados de plata que son las iglesias. Se adora al dinero y unos pocos son los elegidos. Así en la política como en la religión, amén y leamos este poema: "Entrada por salida", de un poeta del suroeste antioqueño, Jaime Jaramillo Escobar:


"A los pobres siempre los tendréis con vosotros.

Pero a mí no me volveréis a ver".
Ministro de Salud

           En mi país, cuando algún pobre sale del hospital –si es que consigue ingresar a uno y si es que sale–
           Debe pedir limosnas por la calle para regresar a su casa en su pueblo, aunque lo más probable es que no tenga ninguna casa,
           Y el pobre está tan agotado y tan esquelético que más parece pidiendo para su propio entierro.
           Los pobres y los niños mendigos de mi país son los "seres sorprendentes" que los gringos fotografían para el Zoo de Miami.
          Cuando fui a Chambacú me detuve en el corral de una casa para tratar de identificar entre una piara cuáles eran los niños y cuáles los cerdos, y aún no había podido hacer la operación cuando llegaron los propietarios a invitarme a salir a empellones de mi perplejidad.            Y Diego León Giraldo fotografió en una cárcel de Bogotá a algunos de estos seres, ya crecidos, que se alimentan con los excrementos de los presos del segundo piso, disputándoselos sobre las escaleras cuando bajan impulsados por la manguera del aseo.
           Que no es apropiado para un poema, me decís.
           Tampoco es apropiado para seres humanos, a pesar vuestro. Sabed que ya no contáis con la complicidad del poema. Se acabó la hipocresía.
           ¡Tan graciosos aquellos sonetos a Teresa y a la doncella de agua, pero tan falsos!
           Se acabó la poesía de las rosas. Venid a oler esta mierda.
           Vosotros hicisteis este país y lo administráis por herencia, de generación en generación.
           Cuando los poetas salían de vuestro perfumado seno, el mundo se veía muy lindo a través de sus versos medidos y contados y repulidos y reeditados.
           Pero ahora, "Ay querido, ¡cómo ha cambiado el mundo!"
           ¡Cuán bonito os quejáis!
           Me reprocháis que tenga rabia. ¿Qué queríais? ¿Que sonriera con disimulo y mirase para otro lado?
           Siempre me habéis ordenado que rebusque formas bellas y elegantes para hablar a vuestra señoría. ¿Y hasta cuándo me vais a joder?
           ¿Por qué el ministro de justicia necesita un palacio, si Salomón se sentaba debajo de un árbol?
           ¿Por qué el ministro de salud necesita mullidos tapetes y finísimas lámparas, si los pobres se mueren a las puertas de los hospitales de caridad?
           ¿Por qué el ministro de educación requiere lujosas oficinas, demasiado privadas para un cargo público, mientras los niños de la escuela rural no tienen un banquito en qué sentarse?
           ¿Por qué las loterías de beneficencia mantienen soberbios edificios y presuntuosos ejecutivos para administrar un presupuesto que se esfuma en burocracia y en gastos improcedentes y dudosos, mientras el necesitado ruega y sueña inútilmente ante puertas cerradas o si acaso ante las caras agrias y evasivas de los engreídos funcionarios que se devoran "las partidas", que no hay duda que partieron?
           Decís que no es poesía. No. Para vosotros sólo es poesía la que os elogia y lambisquea. ¡Pero preguntad a los pobres! Son ellos quienes me han pedido que os venga a cantar en ditirambo.
           No os dejaré ir. Os perseguiré. Y si es que os dormís, me meteré en vuestras pesadillas, porque ya estoy cansado de ver esto y no lo soporto más.
           La clase media, la más voraz, es el verdadero enemigo de los pobres, no sólo por ser numerosa y tener contacto con ellos, sino porque incluye a los burócratas mañosos y ladrones, y como está compuesta por aspirantes en ascenso, pisan despiadadamente sobre los que se rezagan, ya que no tienen visión de conjunto, sino solamente su propio y mezquino interés personal. El poema lo repite para siempre.
           Mientras ellos devoran el presupuesto y prosperan, en el manicomio los locos comen sapos vivos,
           Los habitantes de las barriadas entierran a la abuelita en el tarro de la basura,
           Los niños atroces amputados y perforados afrentan las calles de las ciudades,
           Y los leprosos miran el año dos mil desde las esquinas en espera de la caridad pública.
           Un domingo, frente al Banco de la República, un hombre arrodillado oraba con los brazos abiertos, pero era el día del Señor y la puerta estaba cerrada.
           En la tarde de ese mismo día, al pasar de nuevo por allí, vi a otro hombre que con ojos muy abiertos y brillantes sostenía un hueso gastado delante de sí; le hablaba, le sonreía, le suplicaba, lo acariciaba, trataba de convencerlo.
           En este país que todavía huele a virrey, ese olorcito penetrante, los pobres deambulan y duermen por las calles, y finalmente mueren a la puerta de los hospitales porque no son seres útiles para concederles un cupo, ni parientes de nadie, sino solamente los vagabundos hijos de Dios.
 
 
Poemas como estos no les gustan a los políticos, porque creen que si se leen en un aula de clase se está “adoctrinando” a los estudiantes. De modo que, a la vista gorda de ellos, no está bien hablar de las injusticias del mundo, de la corrupción por la que unos sufren y otros viven una vida de molicie y despilfarro. No está bien hablar de la guerra y sus responsables, ni mucho menos de la posibilidad de transformar la vida y el mundo. Porque esto lo asocian, o más bien, lo estigmatizan con un pensamiento de izquierda, guerrillero o terrorista. Lo que en la lógica de sus turbios procederes es poner la mira de sus fusiles sobre el pecho de quienes se atrevan a defender la vida y la dignidad con amor y solidaridad desde la educación. Así mismo, en la lógica de “anular todo pensamiento de izquierda” se cometió un genocidio que consistió en el exterminio del partido político Unión Patriótica; asesinaron también a estudiantes, profesores y médicos de la Universidad de Antioquia: Héctor Abad Gómez, Pedro Luis Valencia, Luis Felipe Vélez y otros tanto en 1987 fueron blanco del odio, a pesar de que era gente que no estuvo, en absoluto, vinculada con ningún grupo armado. Hombres que vivieron tan solo para el otro, reivindicando derechos humanos y valores más altos con los que podríamos soñar: la libertad, la solidaridad, la justicia social, el amor, la diversidad, la paz, el diálogo. La vida, la del agua y el aire limpio, la vida de tierra fecunda. La vida donde nuestro sentir, pensar, decir y actuar está al servicio de la vida, la creación y la comprensión. La vida como oportunidad para cantar contra la muerte, como diría el sublime Porfirio Barba Jacob, “coros de alegría”. “Contra la muerte, coros de alegría”. Total, como dice Sabato:
el mundo del que somos responsables es éste de aquí: el único que nos hiere con el dolor y la desdicha, pero también el único que nos da la plenitud de la existencia, esta sangre, este fuego, este amor, esta espera de la muerte. El único que nos ofrece un jardín en el crepúsculo, el roce de la mano que amamos.

Sabato habla desde su experiencia y menciona los lugares de su infancia y la ciudad de Buenos Aires, las manos que amamos. A Nosotros nos correspondería pensar en nuestra aldea, en la Medellín, en la Girardota del Señor Caído y del aire más contaminado del Valle del Aburrá, la Girardota contradictoria de Pepe Sierra y de Alberto Aguirre, las de las 150 chimeneas perforando el cielo (“oh smog”, exclama otro venezolano: Juan Calzadilla) y la de las bellas montañas y talentosos artistas. Eso implica que vivamos el presente y no nos llamemos a engaños con los modelos del fútbol y el reguetón. Toca pensar en nuestra vereda y ver cuánto nos alimenta o no la televisión de la que el escritor tanto denigra. Y no solo la televisión sino los dispositivos electrónicos por causa de los cuales parecemos cada vez más alejados y, paradójicamente, incomunicados, solitarios, huérfanos… 

Nos tocará, a lo mejor, detenernos, mirar alrededor las cosas sencillas, dialogar con el otro, conmiserarnos recíprocamente, “ahondar en el instante” que es manera de “alcanzar la eternidad”. Toca encontrarnos con el otro face to face, y reconocer en su rostro a la humanidad, un rastro de lo sagrado. Lo que el libro nombra como Resistencia no es más que un modo de ser humano, y no “cosa de gamines viciosos” como en charla lo dijo un estudiante de undécimo grado, quien no leyó el libro y asiduo de las pantallas. Charla en la que sin duda resuena una visión negativa promovida por la televisión e intereses políticos y económicos, aun cuando se trate de luchar por lo que vale la pena vivir, justo ahora, donde la indiferencia y el conformismo parecen ser el pan de cada día de una sociedad cimentada en el los valores del comercio y en el egoísmo. Pero “es el otro el que siempre nos salva” y “nos salvaremos por los afectos”, se lee en la hermosa carta que sé que no todos leyeron completa ni con gusto, porque la escuela es a veces un espacio hostil al que, a lo mejor y desgraciadamente, se cree se la resiste con la mediocridad. Mas estamos aquí para soñar una vida que resista a esta masacre y al abandono con la antorcha de la libertad:
Creo que la libertad nos fue destinada para cumplir una misión en la vida; y sin libertad nada vale la pena. Es más, creo que la libertad que está a nuestro alcance es mayor de la que nos atrevemos a vivir. 

¿Y qué libertad y en nombre de qué nos atreveríamos a vivir nosotros? ¿La del tener o la del ser? ¿Elegiremos el paisaje de la televisión o la cascada todavía viva que podemos ir a limpiar, a contemplar su antigua transparencia y a sumergirnos con alegría en sus aguas? ¿La soledad del celular en la habitación o el calor de hogar en el comedor? “¿Podremos vivir sin que la vida tenga un sentido perdurable? ¿Creen que es posible seguir mirando por televisión el horror que padece la pobre gente a la par que la frivolidad ostentosa y corrupta, entremezclada como en el peor de los cambalaches? ¿Y así tener hijos que sean hombres de verdad?”, cuestiona por su parte Ernesto Sabato quien sabe cómo perdimos el ocio que nos hacía gozar la vida como un ceremonial bello y profundo. Y continúo preguntándonos si será preferible reconocer y recrear nuestra historia y nuestra memoria o si optaremos por el paso fugaz por la vida, de la repetición del olvido a la reproducción del olvido. ¿Dictadura o democracia? ¿Guerra o educación? ¿Homogenización o biodiversidad cultural? Preguntas ante las que vale la pena recordar aquello que el mismo Sabato dice en su libro, a saber, “que la vida se hace en borrador, lo que indudablemente le da su trascendencia, pero nos impide, dolorosamente, reparar nuestras equivocaciones y abandonos”

El llamado de "La Resistencia" es a no tenerle miedo al miedo, a no resignarnos, a no paralizarnos, antes bien, es una lectura que deja abierta las posibilidades de una reflexión-acción donde quepa el arte, el mito, la poesía, la educación y la cultura como formas de preservar y recrear el sentido de la realidad y la vida donde lo infinito del universo se armonice y conjugue con la finitud del ser humano. “Si nos cruzamos de brazos seremos cómplices de un sistema que ha legitimado la muerte silenciosa. Los hombres necesitan que nuestra voz se sume a sus reclamos”, dice Sabato. Aseveración que relacionamos con el papel que jugaría la educación, de la que venimos hablando en clase, como una instancia que se ocupa de la vida, del otro y de sí mismo y no de informaciones hueras.

Es urgente encarar una educación diferente, enseñar que vivimos en una tierra que debemos cuidar, que dependemos del agua, del aire, de los árboles, de los pájaros y de todos los seres vivientes, y que cualquier daño que hagamos a este universo grandioso perjudicará la vida futura y puede llegar a destruirla. ¡Lo que podría ser la enseñanza si en lugar de inyectar una cantidad de informaciones que nunca nadie ha retenido, se la vinculara con la lucha de las especies, con la urgente necesidad de cuidar los mares y los océanos!


La resistencia como defensa de la vida no podremos desvincularla de la educación. Antes bien, dice el gran escritor:


Necesitamos escuelas que favorezcan el equilibrio entre la iniciativa individual y el trabajo en equipo, que condenen el feroz individualismo que parece ser la preparación para el sombrío Leviatán de Hobbes cuando dice que el hombre es el lobo del hombre.
Tenemos que reaprender lo que es gozar. Estamos tan desorientados que creemos que gozar es ir de compras. Un lujo verdadero es un encuentro humano, un momento de silencio ante la creación, el gozo de una obra de arte o de un trabajo bien hecho. Gozos verdaderos son aquellos que embargan el alma de gratitud y nos predisponen al amor. 


En este sentido, apreciado estudiantes, estamos invitados a levantarnos en cuerpos y almas, armarnos de fraternidad y festejar el milagro del amor que “como verdadero acto creador, es siempre la victoria sobre el mal”. Una victoria que no será un aplastamiento del otro y sobre los otros, si no una reintegración del ser humano a la naturaleza a través del arte, de la creación incesante: cantar, bailar, pintar, leer, escribir. Volver a ser niños, es decir, artistas y “los grandes artistas son personas extrañas que han logrado preservar en el fondo de su alma esa candidez sagrada de la niñez y de los hombres que llamamos primitivos, y por eso provocan la risa de los estúpidos”. Resistiremos con amor desde la vida y para vida, así digan que nos pelarán, que plomo es lo que hay, que la paz trizas. 

De momento, yo también alimento la “esperanza demencial” de que “quizá, sean los chicos los que nos vayan a salvar”. Albergo, pues, la esperanza de no agrandarme, sino de crecer, como diría Nietzsche, hasta la estatura del niño. Yo elegí la educación porque la guerra, cuando niño, preocupaba a mi madre, mientras me planchaba el uniforme y me calentaba el chocolate para ir al colegio. Y fue así como en mi casa, en el colegio y en la universidad después yo aprendí la resistencia, como alegría y esperanza, como ese “rumor infinito” del que les hablaba al principio de esta epístola con la convicción de que la viva sensibilidad de ustedes, en el misterio del silencio, escucha también, ese rumor y ese infinito que, como la resistencia, ustedes mismo son. 


Los abraza, 



Julián María Ospina

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