Por Alejandro Peña Arroyave, Yarumal-Antioquia
Los muertos – mendigan aún, Francisco.
Paul Celan. Asís.
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| Nikiforos Lytras. Antígona frente a Polinices muerto. 1865 |
Ante el cuerpo muerto de su hermano Polinices, se inca de rodillas Antígona para desoír la voz del rey y seguir el mandato de los dioses. El tirano Creonte había ordenado dejar sin sepultura a Polinices, traidor de la Polis, y que su cuerpo fuese devorado por las aves carroñeras. Se trata de una orden con una terrible carga simbólica, pues como lo dice el sabio Tiresias, significa matar otra vez al que está muerto. Antígona lo desoye y deja una fina capa de polvo sobre el cuerpo de su hermano cumpliendo con el ritual funerario. Después, la muy joven Antígona es conducida a la muerte, pues ya Creonte anticipaba aquello de que “dura es la ley pero es la ley”. El tirano prefiere el cumplimento de la ley al amor filial, elige dar la muerte antes que comprender la piedad y el amor.
En medio de la crisis que vivimos por la pandemia del Coronavirus, desde nuestros rincones a los que nos ha retirado el miedo o la precaución, vemos con estupor a través de las pantallas —que se han convertido en nuestras ventanas— imágenes de cuerpos abandonados en calles de diversas ciudades del mundo. Las imágenes son duras y sin duda llevan a los vivos a reflexionar. Ha sido el filósofo italiano Giorgio Agamben, por lo general atento para poner el dedo en la llaga, quien ha llamado la atención sobre la relación de esto con la Antígona de Sófocles. Agamben sólo sugiere la relación, no la desarrolla por completo. Pareciera que nos deja la provocación, la tarea. ¿Pueden, efectivamente, interrogarnos en lo más profundo las imágenes de cuerpos abandonados, insepultos, en la calle? ¿Puede interrogarnos aún la mirada de Polinices muerto y abandonado por el capricho del tirano sobre la dura tierra sin sepultura? ¿Quiénes son los muertos que vemos abandonados en la calle? ¿De quién son esos muertos, es decir, a quién miran interrogativos?
Nos miran a nosotros que, atrincherados en la ley y el miedo —o en la ley del miedo—, los dejamos insepultos, abandonados. En la pandemia, todos los muertos son nuestros. Por ello todos los cuerpos abandonados en las calles nos miran y nos interrogan por igual. Pero la ley y el miedo que llevan a la indiferencia se fundamentan en lo que significa la vida para nosotros. Nos encerramos supuestamente por cuidado a la vida, pero en realidad estamos en un momento histórico —y dura ya demasiado— que desprecia la vida. El abandono de los muertos en la calle tiene como argumento la prevención del contagio de los vivos, pero en realidad tal abandono se fundamenta en un desprecio de la vida. Ese desprecio se ve en lo que representan quienes están muriendo en esta pandemia.
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| Fotografía: Julián Ospina |
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| W. Eugene Smith. Velatorio español. 1950. Tomada de internet |
Pero no morimos en silencio. Lo hacemos en medio del ruido, arrojados a la salas de hospitales y en la agónica espera a la que nos condena la burocracia de la muerte. Pero, sobre todo, morimos en medio del miedo. Aceptamos que nos prolonguen la vida por medios artificiales porque tenemos miedo. Aceptamos un residuo, porque no hemos visto la dignidad de la vida. Despreciamos la vida porque estamos amoldados a un sistema cuya base es el odio y el desprecio a la vida. Ese desprecio lo hemos interiorizado. Nos tratamos a nosotros mismos y a la vida como el capitalismo quiere que nos tratemos. Nuestro miedo tiene como principio la mala conciencia, pues en el fondo sabemos que vivimos de manera indigna. Intuimos que esto no es la vida, que debería ser de otro modo. Tememos a la muerte porque sabemos que realmente no hemos vivido todavía.
Nuestros muertos en las calles nos llaman. Como lo ha dicho Sartre en El ser y la nada, todo gesto ante la interrogación de los muertos es una respuesta. Si actuamos con indiferencia, entonces esto es, para los muertos, un “re-morir”. ¿Estamos matando dos veces a nuestros muertos? Como sociedad estamos siendo consecuentes con lo que bien hemos aprendido, es decir, con la visión instrumental de los otros. ¿Dónde está la Antígona que sepulte a estos muertos? ¿Dónde está esa visión amorosa? Desprevenidamente podríamos pensar, en la Iglesia, allí está el amor. Allí está el cuidado del prójimo en tanto hermano en Cristo. Pero en la Iglesia no está el amor. En su lugar está el interés de una próspera empresa del capitalismo. Allí el amor que profesó Cristo, como Antígona, en oposición a la dura ley, ha sido desterrado y cambiado por toneladas de oro que se acumulan en los sótanos del Vaticano. Nuestros hermanos en Cristo mueren de hambre, pero la Iglesia piensa en sus toneladas de oro. El Papa, que por una negra ironía se ha dado el nombre de Francisco, les da palabras de aliento. Bellas palabras y no se duda del valor de las palabras, pero contra el hambre sigue siendo más efectivo el pan. Cristo multiplicó el pan antes de dar sus profundas enseñanzas. En la Iglesia no se puede mirar para buscar el amor. Cristo ha sido asesinado en la Iglesia, porque el mensaje del amor, como hemos visto, no es compatible con las empresas capitalistas.
La indiferencia hacia nuestros muertos es sobre todo no querer llevarlos en la memoria. Decía Søren Kierkegaard en uno de sus Discursos edificantes que la más bella obra de amor es recordar a los difuntos. Recordar aquí es no sólo conservar en la memoria, es también el cuidado amoroso y simbólico del que se va. El ritual y su tiempo de reflexión y despedida es también un modo de celebrar la vida, pues el duelo, por doloroso que sea, implica eso: tomarse tiempo para agradecer, pensar quién es el que se va y en sus obras. Pero que los cuerpos sigan en la calle ante nuestra indiferencia dice mucho de nuestro desprecio por la dignidad de la vida y lo poco en que tenemos a los que se van, pues son, como queda dicho, despojos. Nos refugiamos en el olvido. Y de ello acaso es cómplice la velocidad en la que parece estamos atrapados. Probablemente mañana esas imágenes de los cuerpos insepultos en las calles ya no nos digan nada. Pasaremos a otra cosa.
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| Fotografía de Juan Rulfo. Tomada de internet |
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| W. Eugene Smith. Soldado americano herido rezando. 1945. |
Nota: Ensayo ganador en la Convocatoria Especial de Estímulos “Unidos por la Vida” 2020, Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia





Excelente escrito!!!
ResponderEliminarDramática dualidad que nos cuestiona en medio de una PANDEMIA anodina, inmisericorde donde la enfermedad es ESPEJO de nuestro existir y morir en el olvido, aislado, ignorado, manipulado, como objeto de desecho sórdido, pues un intento de darle sepultura a encompañia de quienes mantenemos el recuerdo a los que ya partieron y con ellos también nosotros insepultos en la indiferencia
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